lunes, 30 de junio de 2014

AGUACERO SOBRE EL TEJADO Y ALREDEDOR



Digo, por ejemplo
que el cielo tiene voluntad de llover
que se ha solidarizado conmigo
y sonrío viendo a los helechos que aguantan penitentes
esta parida que cae del cielo.

El cristal de la ventana se llena de aliento
del sudor de su cuerpo sin poros.
Dibujo, solitario
formas que no son más que transparencias
y veo por horas, por días enteros
los millones de gotas que caen
a la bocaza abierta de mi patio.

Afuera cada vez son menos los que se dejan mojar
- Después de todo -
La lluvia ya es voluntad mía
y a nadie le importa los charcos ajenos.

Cuando llovía - antes - los charcos eran de todos
o al menos de nosotros
los pateábamos como locos, como niños
hasta que dejaban de importarnos
y no había ya ropa, ni calle, ni casa esperando
solo dos personas mojadas con lluvia alrededor.

Por ahora llueve y el cielo seguirá cayendo.
Hace al aire un universo

Un montón de diminutos reflejos. 

ESPIRAL HACIA ABAJO

Pelear en un tercer piso

en un segundo, en planta baja
pelear en el jardín.
Cerrar la puerta y decir: “Adiós”

Vos te quedás fumando
con un brazo cruzado
entre el portón y la puerta.

Yo me escapo un par de cuadras
me siento en la acera
me prendo también un cigarro
para escampar un rato
y seguir.

Subir la Calle Vieja a pie
a esa hora de la madrugada
ya pesa como un buen sermón 

Al llegar a casa apenas quedan fuerzas
para frotarse los pies con el paño
y dormir casi seco
casi bien.

Al día siguiente me disculparías
te disculparía.
Para otro día queda la tragedia

de la escalera de caracol. 

jueves, 22 de mayo de 2014

¿EXISTE UNA ALTERNATIVA PARA EL DÓLAR?

No hay país que no realice sus negociaciones por medio de dólares; ni ninguno que no haga todo lo posible por llenar sus arcas con tantos dólares como le sea viable. En vista de eso, nadie se atrevería  a decir que se vaya a acabar algo que está en todas partes. El dólar, como todo el mundo sabe, es omnipresente a lo largo y ancho del planeta.

Esto ha sido así desde hace décadas. Decenas de años que parecen siglos, pues, ya pocos se imaginan como negociar de otro modo entre naciones. ¿Quién en Costa Rica se imagina importando celulares desde Corea pagando con buques enteros de lingotes de oro?

Definitivamente es algo poco menos que imposible el intercambio comercial sin lo que podríamos llamar “una divisa común”; que para efectos prácticos, ha venido a ser el dólar después de la Segunda Gran Guerra y la instauración de Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) como vecinos en la autodenominada capital del mundo, Nueva York.

A partir de ese momento, con las famosas ayudas financieras para la Europa de posguerra, el apoderamiento de las principales exportaciones de Latinoamérica, el neocolonialismo en África (y el resto del mundo) y la Guerra Fría entre soviéticos y partidarios de la Escuela de Chicago, el dólar empezó su imperio como medida estándar del precio (y valor) de las cosas. La caída de los regímenes comunistas al final de los ochenta y principio de los noventa terminó de montar al papel verde en los mercados del orbe.

Estas cosas pasan, lo más normal en circunstancias tales es que, en una lucha de poder, alguno de los bandos gane, y en este caso fue el abanderado de una economía liberal que llevaba como estandarte la moneda norteamericana. Es algo tan sencillamente normal que ni la más Extrema Izquierda se ha puesto en miramientos morales para realizar sus transacciones internacionales con ese numerario.

A lo dicho, el dólar norteamericano (gringo para ser un poco más exacto, no el canadiense que también en Canadá hay dólares y también ellos son norteamericanos) pues decía, el dólar gringo se apoderó del comercio mundial (prácticamente todo pequeño comerciante, en cualquier parte del mundo, sabe cómo anda el tipo de cambio entre la divisa de su país y el dólar). Sin embargo, a algunos no les gustó tanto la cosa de esa forma y empezaron a idear alternativas.

El caso europeo

La vieja Europa (occidental) se estaba cansando de negociar con monedas extrajeras y decidió poner fin a eso; para ello creó su propia divisa común, El Euro. Una moneda que circula por Europa como Pedro por su casa.

Después de años de tragar orgullo, otros tantos intentando idear la alternativa y todavía algunos años más esforzándose por ponerla en práctica, Europa tenía su opción al dólar.

Eso no fue fácil, había otros orgullos de los cuales desprenderse. Au revoir al franco, ciau lira, abschied marco, adiós peseta. En pos de una divisa unificadora hay que hacer sacrificios. Eso fue lo que se dijo y eso fue lo que se hizo. De entre las potencias solo Inglaterra no se deshizo de su amadísima libra.

Después vendrían las desgracias para muchos de esos países que, privados de tener su propio banco central, ya no podrían, tampoco, tener el control total sobre su propia economía.

Aparentemente dejar de tener moneda propia no es la mejor de las opciones para la mayoría de los países, y esto se ha demostrado con casos como los de Portugal, Grecia y España. Economías que pese a las grandes reformas (recortes), los años de zocarse la faja y las cuantiosas y costosas ayudas alemanas, aún no han podido levantarse.

¿Qué significa eso? ¿Se seguirá dependiendo eternamente del dólar para poder importar y exportar bienes y servicios? Todavía hay algunos a los que no les suena mucho esa idea.

¿Hay más opciones?
Los primeros años del siglo 21 han dado muestras de que a la política mundial le falta mucho para llegar a aguas mansas. Frescos están los recuerdos de la Primavera Árabe, los conflictos en el centro y este de África, problemas territoriales en el este de Asia y el eterno conflicto palestino-israelí, por citar solo algunos ejemplos. 

Mientras esto pasa, EEUU sigue usando la fuerza cada vez que algo no le gusta y recientemente Rusia no se le queda atrás. ¿Recuerdan la invasión de Georgia? China quiere expandirse, Corea del norte se ha puesto respondona y Cuba... Bueno, Cuba es una isla que a nadie importa, un símbolo que flota en alguna parte del Caribe, siempre al borde de perderse en el triangulo de las Bermudas.

Con relaciones de este tipo, para ciertos observadores la Guerra Fría aún no ha acabado. Siguen peleándose los  mismos pedazos de tierra los mismos grandotes de siempre. Asimismo, en los editoriales de los periódicos del mundo entero, los enemigos siguen siendo los mismos que hace treinta años.

Los aliados también siguen siendo los mismos, con un par de nombres más por acá y un par menos por allá. Ahora resulta que la India y Singapur son potencias en Asia, y en América lo son Brasil y Chile, pero, ¿qué importa? Para usos prácticos de geopolítica, los aliados siguen siendo la OTAN por un lado y Rusia y China por el otro. Lo que pase en Irán, Venezuela o Líbano  todavía es un problema que les concierne a estadounidenses y rusos.

Grosso modo y muy a la ligera, son estas las cuestiones que transcurren en el mundo. Lo que nos devuelve al inicio de esta disyuntiva, ¿se acabará la hegemonía del dólar? Para rusos y chinos esa variable está dentro de las posibilidades. Han renovado acuerdos en los últimos días y sus relaciones políticas y económicas parece que se encaminan a un periodo de lazos mucho más estrechos. Ambos países se venden entre sí distintas materias primas y cantidad de productos ya terminados. Su intercambio comercial hace parecer chico cualquier otro acuerdo de este tipo en el planeta.

El gran hallazgo. Los nuevos acuerdos entre estos dos gigantes establecen que, de ahora en adelante, las transacciones entre ambos se harán con las monedas locales. China pagará con yuanes y Rusia lo hará con rublos. Lo que conducirá, al cabo de pocos años, a que estas dos potencias tengan sus arcas abastecidas con rublos, yuanes y dólares. Parece una buena idea para dominar el mercado.


Por ahora, el resto del mundo negocia con dólares a la hora de comprar y vender lo que sea, no importa si son diamantes o bananos, cobre o automóviles. Pero quién sabe, talvez en un futuro cercano las naciones puedan negociar con opciones más bilaterales. Chinos y rusos está dando el ejemplo de que es posible. Con el tiempo, veremos cuántos siguen sus pasos. 

domingo, 18 de mayo de 2014

MURIEL

La dulce y triste historia del amor de Felipe por Muriel
Todos tuvimos historias de amor como la de Felipe y Muriel. Historias de amor con solo dos personajes, uno de ellos mudo y la otra imaginaria.

                         
Muriel al otro lado del aula. Muriel a la salida de la escuela. Muriel la vecina de catorce que parecía de diecisiete... Los años pasan y Muriel está sentada en un asiento del autobús que te tocó y va leyendo ese libro que te hizo llorar hace dos meses. La mirás, la mirás como un imbécil y lo sabés. La verdad que hay pocas cosas en esté mundo que deseás tanto como estar sentado en ese asiento que está junto al de ella, tan malévolamente vacío. Pasan los minutos y ella se baja en la misma parada en la que vos, caminan en la misma dirección y de repente, ella entra en ese edificio gris igual a cualquier otro. Sabés que no la volverás a ver.


Muriel ha cambiado de cara muchas veces, pero nunca de nombre. Cambió el corte y el color de su cabello, la forma, el largo y todo lo que de él se pueda cambiar, lo tuvo rizoso, ensortijado, lacio y ondulado; lo tuvo marrón, negro, rosa y verde. También cambió su forma cuando quiso, hasta de estatura tan solo porque sí. Pero caminaba siempre igual, con esas piernillas imposibles, sus faldas desentonadas y esos bolsos salidos de no sé qué país lejano. Pero el nombre nunca lo cambió, siempre fue ese cortito Muriel que nunca te atreviste a pronunciar en voz alta.


Un día de tantos olvidaste su nombre, se te fue como también escapó el nombre de tu maestra de primer grado. Como el de aquella niña que te mandaba papelitos y te agarraba la mano en la fila al comedor. Como olvidaste el de la hermosa y grande niña de quinto que te defendía de los abusivos de sexto y después te agarraba las mejillas y te decía que esperaría a que cumplieras 15 y ahí sí te besaría como loca. Ya no recordás su nombre ni tantos otros, tantas historias, tantas personas que no por eso han de ser menos importantes que cualquier otra.

                    

A lo largo de los años ella se perdía y le eras infiel, la engañabas con otras a quienes jurabas amor eterno. Juraste devoción tanto y tantas veces. Prometías tu corazón de aquí al lecho de muerte como otros prometen llegar temprano a la cita del sábado.  Por fin, sin darte cuenta, un día dejaste de prometerlo, quizá, por el desgaste de juramentos previos, a lo mejor porque ya no te quedaba mucho que ofrecer, fuiste dejando tu cuota de promesas cardiacas a cada una de tus amores y apenas para respirar por la mañana y andar un rato te quedaba. Pero te queda. Poco, pero te queda.

                       
De pronto, o más bien, al cabo y como consecuencia de los años, la olvidaste. Es difícil decir olvidar y ubicar la acción en un momento determinado. Nadie puede decir: Yo olvido. Olvidando andamos. Él, ella olvida. Es un verbo al cual el presente le queda pequeño, o grande. Un verbo en que el futuro es siempre un deseo que quisiéramos que no se cumpliera. Un decir que al mentarlo en pasado, lo matamos. Sin embargo, al paso de los años la olvidaste. Sin pena. Sin gloria. La olvidaste.

                 
Un día, por fin, te enterás que estás enredado. ¡Como te gusta enredarte, muchacho! Te enredás con cualquiera que sonría con la cabeza gacha y te hable dándole vueltas a las muñecas de las manos; y se quede fumando con vos afuera y con el frío. Ella también se enreda y una mañana te mece el hombro para despertarte.  Con voz callada le decís: “Muriel”… Y esa tonta sonríe porque sabe que querés decir: “Amor mío que tuve desde niño. Sueño mío que he recuperado”. 

Por la mañana, por la plaza, por la rozadura del cielo. Tomados de las manos, de los nervios, de los ojos. Aprendiste que se puede amar  con tan solo trenzar los dedos; esperarse en la estación, abrazarse a cada encuentro como si fuera el primero. Hasta verlos abrazados era un espectáculo digno de mención.


Muriel durmiendo a tu lado y cantando. Muriel saliendo de la casa y  vuela. Cualquier cosa que ella haga lo hace como nadie lo ha hecho jamás en la historia humana. Pero Muriel sueña y sueña lejos. Una mañana te habla y su mirada está en otra parte. Su voz de naranjo se quiebra. Un día la puerta se abre y no se vuelve a cerrar. Te enamoraste también de su espalda alejándose.