domingo, 18 de mayo de 2014

MURIEL

La dulce y triste historia del amor de Felipe por Muriel
Todos tuvimos historias de amor como la de Felipe y Muriel. Historias de amor con solo dos personajes, uno de ellos mudo y la otra imaginaria.

                         
Muriel al otro lado del aula. Muriel a la salida de la escuela. Muriel la vecina de catorce que parecía de diecisiete... Los años pasan y Muriel está sentada en un asiento del autobús que te tocó y va leyendo ese libro que te hizo llorar hace dos meses. La mirás, la mirás como un imbécil y lo sabés. La verdad que hay pocas cosas en esté mundo que deseás tanto como estar sentado en ese asiento que está junto al de ella, tan malévolamente vacío. Pasan los minutos y ella se baja en la misma parada en la que vos, caminan en la misma dirección y de repente, ella entra en ese edificio gris igual a cualquier otro. Sabés que no la volverás a ver.


Muriel ha cambiado de cara muchas veces, pero nunca de nombre. Cambió el corte y el color de su cabello, la forma, el largo y todo lo que de él se pueda cambiar, lo tuvo rizoso, ensortijado, lacio y ondulado; lo tuvo marrón, negro, rosa y verde. También cambió su forma cuando quiso, hasta de estatura tan solo porque sí. Pero caminaba siempre igual, con esas piernillas imposibles, sus faldas desentonadas y esos bolsos salidos de no sé qué país lejano. Pero el nombre nunca lo cambió, siempre fue ese cortito Muriel que nunca te atreviste a pronunciar en voz alta.


Un día de tantos olvidaste su nombre, se te fue como también escapó el nombre de tu maestra de primer grado. Como el de aquella niña que te mandaba papelitos y te agarraba la mano en la fila al comedor. Como olvidaste el de la hermosa y grande niña de quinto que te defendía de los abusivos de sexto y después te agarraba las mejillas y te decía que esperaría a que cumplieras 15 y ahí sí te besaría como loca. Ya no recordás su nombre ni tantos otros, tantas historias, tantas personas que no por eso han de ser menos importantes que cualquier otra.

                    

A lo largo de los años ella se perdía y le eras infiel, la engañabas con otras a quienes jurabas amor eterno. Juraste devoción tanto y tantas veces. Prometías tu corazón de aquí al lecho de muerte como otros prometen llegar temprano a la cita del sábado.  Por fin, sin darte cuenta, un día dejaste de prometerlo, quizá, por el desgaste de juramentos previos, a lo mejor porque ya no te quedaba mucho que ofrecer, fuiste dejando tu cuota de promesas cardiacas a cada una de tus amores y apenas para respirar por la mañana y andar un rato te quedaba. Pero te queda. Poco, pero te queda.

                       
De pronto, o más bien, al cabo y como consecuencia de los años, la olvidaste. Es difícil decir olvidar y ubicar la acción en un momento determinado. Nadie puede decir: Yo olvido. Olvidando andamos. Él, ella olvida. Es un verbo al cual el presente le queda pequeño, o grande. Un verbo en que el futuro es siempre un deseo que quisiéramos que no se cumpliera. Un decir que al mentarlo en pasado, lo matamos. Sin embargo, al paso de los años la olvidaste. Sin pena. Sin gloria. La olvidaste.

                 
Un día, por fin, te enterás que estás enredado. ¡Como te gusta enredarte, muchacho! Te enredás con cualquiera que sonría con la cabeza gacha y te hable dándole vueltas a las muñecas de las manos; y se quede fumando con vos afuera y con el frío. Ella también se enreda y una mañana te mece el hombro para despertarte.  Con voz callada le decís: “Muriel”… Y esa tonta sonríe porque sabe que querés decir: “Amor mío que tuve desde niño. Sueño mío que he recuperado”. 

Por la mañana, por la plaza, por la rozadura del cielo. Tomados de las manos, de los nervios, de los ojos. Aprendiste que se puede amar  con tan solo trenzar los dedos; esperarse en la estación, abrazarse a cada encuentro como si fuera el primero. Hasta verlos abrazados era un espectáculo digno de mención.


Muriel durmiendo a tu lado y cantando. Muriel saliendo de la casa y  vuela. Cualquier cosa que ella haga lo hace como nadie lo ha hecho jamás en la historia humana. Pero Muriel sueña y sueña lejos. Una mañana te habla y su mirada está en otra parte. Su voz de naranjo se quiebra. Un día la puerta se abre y no se vuelve a cerrar. Te enamoraste también de su espalda alejándose. 

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